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Feb 03

La historia de amistad de “El Principito”

Con más de 170 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, con una etiqueta errónea de literatura juvenil que no le hace justicia y sin conocerse en muchas ocasiones las vicisitudes de su redacción, «El Principito» (1943) todavía goza del afecto de los lectores.

La novela, casi una fábula, investiga la oposición entre la vida adulta y la de los niños —«He vivido mucho entre las personas mayores. Las he visto de cerca. Eso no ha mejorado mucho mi opinión»—, la pérdida de la inocencia —«No sé ver las corderos a través de las cajas. Quizá soy un poco como las personas mayores. He debido envejecer»— o la naturaleza ambivalente del amor —«¡Las flores son tan contradictorias! Pero yo era demasiado joven para saber amarla»—, sin olvidar el valor de la amistad, reivindicado desde la primera página.

«A Léon Werth», señala en la dedicatoria Saint-Exupéry. «Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una excusa seria: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona mayor puede comprenderlo todo, incluso los libros para niños. Tengo una tercera excusa: esta persona mayor vive en Francia, donde tiene hambre y frío.».

¿Quién era Léon Werth? En sus memorias, el escritor francés Henri Jeanson lo califica de «libertario, pacifista, antimilitarista», de hombre «servicial y generoso, a pesar de una pobreza aceptada con dignidad y buen humor». En su correspondencia, Saint-Exupéry no duda en manifestarle un afecto profundo: «Me gustaría que sepa lo que sabe bien; le necesito infinitamente, porque es, creo, el que más quiero de mis amigos, y además mi moral».

En esa carta, enviada en febrero de 1940, el autor de «El Principito» le descubre preocupaciones íntimas, confesiones que revelan un temperamento inquieto, proclive a la tristeza y a la duda, rasgos de un carácter que suele ocultar en público: «No comprendo muy bien la vida y no sé muy bien dónde sentar la cabeza para estar en paz conmigo mismo», admite.

Desde noviembre de 1939, el novelista, alistado como piloto militar, realiza vuelos de reconocimiento para contribuir al esfuerzo bélico francés, concentrado en detener la ofensiva nazi sobre su territorio. Son los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial. Werth, periodista de profesión, ya ha sufrido el horror de la violencia desde las trincheras de la anterior contienda, la de 1914-1918. Aborrece ese festival de muerte, pero respeta la decisión de su amigo, aunque sin contener del todo un miedo que anota en su diario: «Esta tarde no podía evitar imaginar el avión abatido, un fuselaje roto y él, inmóvil para siempre, en ese fuselaje. Y de pronto me dije: es invulnerable. No creerle invulnerable me parece una traición».

Ajeno a la fascinación por la sangre, el humanismo de Saint-Exupéry motiva su actividad militar «no por el gusto de la guerra», sino por el anhelo de asumir «su parte de riesgo». Un esfuerzo que le acerca «a sus iguales» como «un hombre entre los hombres».

En junio de 1940, la derrota de las tropas galas y la ocupación alemana de Francia le sumen en el abatimiento. Al mes siguiente, desde Argelia, anota: «Estoy triste más allá de lo posible». Vuelve a Francia, aunque brevemente. Luego emprende el exilio.

Las emociones de esos días quedan reflejadas en «Carta a un rehén» (1943), escrito y publicado en Estados Unidos y redactado como una larga misiva a Werth. En Saint-Amour, una pequeña localidad bañada por el Jura y próxima a la frontera con Suiza, su amigo permanece oculto, temeroso como cualquier judío de sufrir la persecución nazi y la pesadilla de la deportación. «La persona que esta noche ocupa mi memoria es un hombre de cincuenta años. Está enfermo. Es judío. ¿Cómo sobrevivirá al terror alemán?», se pregunta Saint-Exupéry. Su temor es doble: «A ti, tan francés, te siento dos veces en peligro de muerte, por francés y por judío».

El novelista, que también se dirige al resto de sus compatriotas, atrapados en su país y víctimas de un régimen criminal, atenúa su dolor gracias al recuerdo de la amistad, ese vínculo humano que procura raíces —«¡Amigo mío, te necesito como una cumbre donde respirar! Necesito volver a apoyarme a tu lado, a orillas del Saona»— y alimenta la resistencia —«Si sigo luchando, lucharé un poco por ti. Te necesito para creer más en el advenimiento de esa sonrisa. Necesito ayudarte a vivir»—.

Afincado en Estados Unidos, Saint-Exupéry no tarda en entrar en conflicto con los grupos de resistencia gaullistas. Detesta la política y al propio general De Gaulle. La nominación que recibe de Vichy, la dictadura que colabora con el nazismo, establecida en Francia tras la derrota y dirigida por el mariscal Pétain, a su Consejo Nacional, aumenta los malentendidos.

El escritor nunca la acepta, pero sus rivales utilizan ese episodio como arma arrojadiza. La incomprensión se une a la añoranza: «Todo el mundo sabe que cuando es mediodía en los Estados Unidos el sol se pone en Francia. Bastaría ir a Francia en un minuto para asistir a la puesta de sol. Desgraciadamente, Francia está demasiado lejos», lamenta en «El Principito». En mayo de 1943, agotado por las polémicas, vuelve a Argelia, decidido a reemprender el combate. En diciembre, anota: «Lo ven: no comprendo la vida. La noche me angustia sobre todas las cosas. Sobre los míos. Sobre mi país. Sobre lo que amo. (…) Habladme, hacedme amar la vida. Parezco feliz en los trucos de cartas, pero no puedo hacerme trucos de cartas a mí mismo, y siento un frío terrible en el corazón».

La desazón le acosa esos días, días en los que escribe frenéticamente a varias amantes, a su esposa Consuelo, pero en los que todavía se muestra como un conversador tenaz o un ágil comediante, aplicado en «sus improvisaciones a lo Debussy, que consisten en pasar, con talento, una naranja sobre el teclado del piano», según cuenta en su biografía Virgil Tanase.

La mañana del 31 de agosto de 1944, durante un vuelo de reconocimiento sobre Córcega, el piloto Antoine de Saint-Exupérydesaparece junto a su avión. La conmoción ante su muerte suscita las primeras reacciones. «Allá donde iba, era para aportar felicidad. Creo sin embargo que esta alegre exuberancia solo era la coraza de una profunda melancolía», explicó el novelista André Gide. «Ha desaparecido en el mar sin otros testigos que el cielo y el mar. Y sin duda no esperaba la muerte. La provocaba. Era un duelo, un combate singular», señaló su buen amigo Léon Werth.

Las dudas sobre un posible suicidio solo se despejaron en 2008, cuando un soldado alemán admitió que sus disparos derribaron el aparato del escritor. En apariencia, sus restos fueron hallados. «Ahora me he consolado un poco. Es decir… no del todo. Pero sé que verdaderamente volvió a su planeta, pues, al nacer el día, no encontré su cuerpo. Y no era un cuerpo tan pesado…», termina «El Principito».